Un premio de altos vuelos

DSC_0647El III Premio Álvarez Margaride-Banco Herrero Sabadell recayó en Juan Cueto Sierra por su amplia y larga trayectoria empresarial. Nacido en Asturias y afincado en Chile, Juan Cueto lidera junto a sus hijos un grupo empresarial financiero, inmobiliario y de transporte aéreo con Latam, resultado de LAN Chile y la brasileña Tam.

Compartimos con él una entrañable noche en el Club de Regatas de Gijón, rodeado de empresarios de la región, familiares y amigos.

 Aquí os dejo mi intervención en el acto de entrega del III Premio Álvarez Margaride-Sabadell Herrero:

DSC_0659Buenas tardes,

Es un honor para mi y para los concejales que me acompañan, estar hoy presentes por tercer año consecutivo en el acto de entrega del Premio Álvarez Margaride-Sabadell Herrero a la trayectoria empresarial; y me siento especialmente orgullosa de que este premio haya ya cogido raíces en la ciudad de Gijón.

Mi más sincera enhorabuena al premiado de esta edición, Juan Cueto Sierra, cuya figura y trayectoria empresarial ha glosado de forma intachable Matías Rodríguez Inciarte.

Desde la humildad y mi limitada experiencia en política de dos años recién cumplidos, quiero compartir con vosotros unas reflexiones:

Reconozcamos que en Asturias el relato oficial nunca fue justo con la figura del empresario. Al contrario, se le vio, la mayoría de las veces, con recelo, con temor, como si fuese un agente egoísta, antisocial; cuando de sus iniciativas, y de su creación de riqueza y empleo, participó toda la sociedad.

Nunca se señala que nuestra tierra empezó a salir de la más absoluta pobreza, en el último tramo del siglo XIX, por el empuje y la iniciativa de empresarios que convirtieron una provincia aislada y rural en una región industrial. Hoy, que se habla tanto sobre el liderazgo, puede decirse alto y claro que Asturias abandonó la postración gracias al liderazgo empresarial.

Esta realidad quedó oculta porque estuvimos casi sesenta años dominados por la experiencia de lo público.

No hablo de servicios públicos, que los hay en todos los países, sino de quedar toda la sociedad reducida a la pasividad porque las iniciativas, en todos los órdenes, procedían del Estado.

Las empresas se establecían en Asturias por decreto.

Si daban beneficios (en escasas ocasiones) o si arrojaban pérdidas (casi siempre) era indiferente, porque el Estado compensaban los resultados empresariales. En un paisaje formado por gigantescas empresas, administradas desde la capital de España, y realizando operaciones en régimen de monopolio administrativo, se educaron generaciones y generaciones de asturianos.

Con estos precedentes, algunos se preguntan maravillados cómo no surgen más vocaciones empresariales en Asturias, cuando se sembró sal sobre la iniciativa privada, sobre el ingenio artesano, sobre la libertad de mercado. Cuando se disoció durante decenios el riesgo empresarial del lucro.

En un mercado intervenido, el éxito no estaba en la potencia de las ideas, sino en la cuantía de la subvención.

En los últimos años del siglo XX hubo cambios sustanciales. Las privatizaciones de empresas acabaron con el anacronismo de ver cómo el Estado fabricaba manufacturas.

Llegaron las empresas multinacionales, tan temidas por la propaganda oficial, y la región se asomó a otra cultura de trabajo, menos absentista, más comprometida, y más ligada a los avatares de la coyuntura. Recuerdo aquellas declaraciones alarmistas de los políticos del momento diciendo que la privatización de Ensidesa era lo peor que le podía suceder a Asturias.

¿Se imaginan qué hubiese pasado con el acero asturiano si el accionista universal de la siderurgia hubiera seguido siendo el Estado?

Pero quedó el poso de la empresa pública, donde el burócrata ocupa el sitio del empresario, donde cualquier gasto no se analiza en término de coste de oportunidad ni se recompensa el riesgo empresarial.

El peso de la omnipotente empresa pública lastró el dinamismo de la sociedad manteniendo sus efectos durante mucho tiempo después de  producirse las privatizaciones. En los diez años de expansión, anteriores a la crisis económica, entre 1998 y 2008, Asturias fue la región en que menos creció el Producto Interior Bruto.

La actual crisis económica causa efectos devastadores sobre empresas y trabajadores, y exige reflexionar sobre los errores cometidos.

Las dos grandes mayúsculas de la crisis son déficit público y desempleo. Las dos se tratan de arreglar sin contar con la empresa privada. Gobiernos nacionales y autónomos elevan de manera generalizada los impuestos. Cuando las empresas y las personas físicas pasan por más penalidades llegan los gobiernos a agravar sus males con más carga impositiva.

El argumento de los que gobiernan es bien conocido: se sube provisionalmente los impuestos (dicen que es provisional pero nunca se comprometen a fijar una fecha firme para bajarlos) y se reduce el déficit público, dando paso a la creación de empleo.

El resultado está a la vista: ni una cosa ni la otra. Continuamos con altos déficit, se anuncian nuevas subidas de impuestos y por el camino va quedando un reguero de empresas y, lo peor de todo, se alcanzan cifras récord en número de parados.

Cuando la sociedad protesta agobiada por las subidas impositivas, los gobiernos dicen que es para financiar los servicios públicos.

¿Qué trae el progreso a la sociedad los impuestos o la inversión empresarial? ¿Quién genera empleo y capacidad de consumo, los gobiernos con sus impuestos o los millones de empresarios y autónomos sacando adelante sus proyectos y contratando trabajadores?

Sin beneficio empresarial, sin contratación de trabajadores, sin el aumento del consumo no se podrían mantener los hospitales, los colegios, el gasto de la Dependencia ni el salario social. Todo el progreso de la sociedad viene del denostado mercado. Fijémonos en las naciones más prósperas del mundo y veremos que allí están las más importantes empresas. Dicho en el orden correcto: tienen las mayores y mejores empresas y por eso sus sociedades son las más prósperas. El tantas veces elogiado estado del bienestar se costea con el esfuerzo de las empresas y de sus trabajadores.

En esos países de vanguardia hay agencias tributarias serias y es muy grave cometer fraudes fiscales. Pero lo importante es que la carga de los impuestos no impide el desarrollo empresarial. Entre nosotros sucede lo contrario: trabas administrativas de todo tipo y el peso agobiante de los impuestos frenan las iniciativas empresariales y llevan a las empresas a procesos concursales.

Habría que valorar hasta qué punto una Administración en constante crecimiento y extendiendo sus tentáculos por doquier no es causante de un crecimiento del paro que luego tiene que subvencionar con otra ración de impuestos. De ese círculo vicioso es responsable la mayor parte de la clase política española.

Desde que llegamos al Ayuntamiento no tuvimos ninguna duda de que debíamos tener una relación estrecha con el mundo empresarial, con los emprendedores, con los inversores. Realizamos convenios de colaboración con las empresas del municipio, pusimos en marcha un programa-exprés de apertura de negocios, de modo que en 24 horas pudiesen estar funcionando, creamos programas de financiación empresarial, redoblamos la dotación del Centro Municipal de Empresas y dedicamos cuatro millones de euros a los planes de empleo en colaboración con las empresas.

Todo ello lo llevamos a cabo sin olvidar labores urgentes, como hacer frente a las necesidades sociales, aumentando en 1.600.000 euros la dotación en ese capítulo. Somos la Administración asturiana que más ha incrementado las ayudas a los más necesitados, financiando el Ayuntamiento el 63% de todo el gasto social.

Fieles a nuestra visión de la Administración, en solo dos ejercicios, redujimos la deuda del Ayuntamiento con los bancos de 181 millones a 134, y la deuda con el Estado de 26 millones a 15.

Hemos ayudado a dinamizar la economía local, como lo demuestra el hecho de que el 80% del capital social de las sociedades limitadas asturianas de nueva creación se haya desembolsado en Gijón.

Ese enorme esfuerzo de reasignación de recursos, lo hicimos solos, sin ayudas, con tesón. En Gijón, una ciudad de 277.259 habitantes, se concentra el 28% del paro de Asturias.

Quisiera terminar animando a los empresarios a elevar la voz, a comunicar sus experiencias, dando su visión sobre cómo se debe salir de la crisis.

A hablar sin complejos, mostrando su compromiso con la sociedad.

Es imprescindible la aportación del empresariado. El déficit público, las deudas, y el sobrecogedor desempleo asturiano sólo podrán solucionarse con el resurgir de las iniciativas empresariales, verdadera fuente de riqueza y progreso para la sociedad.

Muchas gracias,

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