El Reformismo de Foro

DSC_1854EL REFORMISMO DE FORO, LA FUERZA IMPARABLE QUE ESTÁ CAMBIANDO ASTURIAS

 Carmen Moriyón, 11 noviembre 2013

En los partidos políticos la ideología actúa como la identidad del grupo, herramienta válida para captar afiliados y votos, y carta de presentación ante la sociedad. La ideología es una bandera con la que se trata de acotar un territorio, ocupar un espacio en las preferencias políticas de los ciudadanos.

Si uno observa a los grandes partidos nacionales comprueba que la ideología cumple con esa función, sin condicionar la estrategia política.

La práctica política va por otro lado. Lo constatamos a diario. Los grupos que se reclaman del campo de la izquierda agitan las enseñas del igualitarismo y las mejoras sociales, pero cuando llegan al poder vemos que aumenta el desempleo y disminuye el bienestar de los que menos tienen. También vemos como los grupos que se ponen la etiqueta de liberal-conservadores no tienen problemas en subir los impuestos y en estrechar el libre mercado a base de mil regulaciones.

Es una curiosa ironía del destino la que permite que cuanta más rotunda sea la enseña ideológica, cuanto más acusada es su matriz identitaria, mayor es la contradicción entre lo que teorizan y lo que luego practican.

El primer acierto de Foro Asturias, al constituirse como partido, fue evitar las grandes mayúsculas ideológicas, campo abonado para la retórica.

Cuando Foro ganó las elecciones autonómicas, el candidato a ser investido como presidente, Francisco Álvarez-Cascos, hizo una invitación a todos los grupos políticos para participar en la gobernabilidad de la región, sin caer en apriorismos ideológicos, sin poner vetos ni establecer preferencias.

DSC_1848Tampoco caímos en el vicio del adanismo, en pensar que comenzamos una actividad como si nadie la hubiera ejecutado antes. Fuimos y somos conscientes de que el mundo, España, Asturias y la democracia no nacieron con nosotros. Llegamos con la voluntad de aportar humildemente nuestro esfuerzo para mejorar la sociedad, orgullosos de inscribirnos en la corriente de pensamiento humanista, científico y de progreso que transformó Europa en los últimos doscientos años. Una corriente que escribió en Asturias páginas brillantes, con el pensamiento ilustrado del siglo XVIII y principios del XIX. Asumimos, abrazamos y defendemos los grandes logros de la democracia, empezando por la Constitución de 1978, dique de abrigo de la sociedad española contra los totalitarismos, fanatismos, privilegios, favoritismos y abusos  de toda ralea. Asumimos su espíritu y su letra.

Toda su letra. Por utilizar una expresión en boga: “nos sentimos muy cómodos con la Constitución española”. La extensión de los servicios públicos, su universalidad y gratuidad, son también un gran logro del que nos congratulamos y defenderemos allá donde gobernemos. Lo mismo podemos decir de los avances materiales, que buen reflejo tienen en las infraestructuras de todo tipo que hoy disfrutamos en España y en Asturias.

Desde una perspectiva ideológica, lo más distintivo de Foro Asturias es su nacimiento como respuesta ética ante un estado de cosas. El discurso y la trayectoria política de Francisco Álvarez-Cascos abrió una puerta a la esperanza y miles de ciudadanos asumimos un compromiso con nuestra región para depurar las aguas turbias de la política asturiana.

De ahí la “revolución de los profesionales”, de la que yo soy una más, caracterizada por personas que estábamos dedicadas enteramente a nuestro trabajo, a nuestra especialidad, que nunca habíamos participado en política, pero que nos vimos atraídas por el liderazgo de Francisco Álvarez-Cascos para participar en un proyecto que no busca alcanzar el poder, como disfrute, sino como palanca de cambio para acabar con los vicios que la elite política regional había inoculado en las instituciones asturianas y trasladado a la sociedad.

Ya dije que no somos adanistas. El autogobierno asturiano y democracia en los ayuntamientos ya estaban enraizados sobre bases firmes cuando nos registramos como partido político. Asumimos enteramente desde el Estatuto de Autonomía hasta el último centro de salud construido.

No estamos imbuidos de espíritu iconoclasta, no venimos a romper con el pasado, sino a reformar. A reformar y renovar, profundamente, la vida pública asturiana. Tenemos voluntad reformista, que consiste en mantener todo lo bueno y desprendernos de lo malo. Un espíritu reformista que nace de amar todo lo positivo que hay en Asturias y cambiar todo lo que frena el avance de la región y las oportunidades de éxito de los ciudadanos.

¿Qué significa tener una actitud reformista en nuestro tiempo? ¿Supone un cambio de estrategia, de rostros, de políticas, de objetivos? ¿Implica un giro hacia la derecha o hacia la izquierda sobre lo ya conocido?

 Militar en el campo del reformismo, trabajar en el campo del reformismo, supone orientarse hacia otros fines y cambiar de mentalidad. Hace falta abandonar la vieja política para transformar la Administración, buscar la identificación con la sociedad y gobernar las instituciones.

DSC_1833Reorientar los fines implica poner al ciudadano en el centro de la acción política. Se me puede objetar que ya lo está, pero no es así. No nos engañemos, en nuestra democracia, en Asturias y en España, se gobierna en permanente acuerdo con los grupos de interés. Pueden ser grandes o pequeños, locales o transnacionales, pero grupos de interés al fin y al cabo: corporativos, sindicales, empresariales, culturales, mediáticos etcétera.

Liberarse de esa hipoteca es un gran paso hacia delante. Para hacerlo hay que tener siempre presente que gobernamos debido a un contrato temporal que nos liga a los ciudadanos que son los que nos dan los votos y los que pagan los impuestos; y es nuestra obligación rendirles cuentas cada cuatro años. Hay que tener siempre presente que con sus votos ocupamos las instituciones y con sus impuestos gestionamos la Administración. No caben interferencias. No podemos tener en consideración otros intereses que los suyos.

El cambio de fines implica no sólo vacunarnos ante la presión de los grupos de interés, sino renunciar a los objetivos y prebendas de la clase política. No me refiero sólo a lo más evidente: rehusar a sacar provecho particular de la posición de preeminencia que supone estar en las instituciones, sino al sentido que tiene hoy día la participación en la política.

El máximo fin del político de nuestro tiempo consiste, lamentablemente, en permanecer en las instituciones. Convertir el contrato temporal que tenemos con los ciudadanos en un contrato vitalicio, dejando de ser un representante de la gente para ser un funcionario de la institución, como paso previo a patrimonializarla.

La política reformista, la que nosotros defendemos, pasa por poner al ciudadano en el lugar del que había sido desplazado: el centro de la preocupación política. Una vez operado el cambio hay que renovar las actitudes y la mentalidad. Me refiero a romper con la encorsetada relación entre político y ciudadano, en la que siempre el político está situado dos peldaños por encima. Debemos salir a la calle, claro; pero, ojo, los políticos convencionales también lo hacen. Hay demagogos populistas que se dan grandes baños de multitudes.

Hablo de un cambio de mentalidad, hablo de salir a la calle y escuchar, más que hablar. Hay que escuchar al vecino, al contribuyente, al ciudadano. Debemos despojarnos del rol de autoridad y escuchar a la gente. Olvidémonos de nuestras recetas, dejemos a un lado nuestra falsa superioridad, desconectemos de los consejos de los técnicos que nos rodean, y aprendamos la lección de la calle, donde somos alumnos en esa aula inmensa llena de sabiduría popular.

¿Cómo vamos a conocer si una depuradora está bien ubicada, si un parque es necesario, si unas viviendas están deterioradas, si la traída de agua funciona, si el nivel de ruido es soportable, si prescindimos del testimonio de los vecinos?

Quiero haceros partícipe de algo que a mí me extrañaba mucho antes de entrar en política, que como todos sabéis fue hace poco más de dos años. Yo veía que en los periódicos salían reflejados, un día sí y otro también, multitud de conflictos entre vecinos y ayuntamientos. Yo me preguntaba cómo puede ser que haya tantos conflictos entre vecinos y alcaldes, cuando estos fueron votados por los mismos que protestan.

Ahora lo comprendo perfectamente. Esos políticos no escucharon a los ciudadanos. Es tal la soberbia de los gobernantes, que saben por anticipado lo que les conviene a los ciudadanos y en su permanente envanecimiento desprecian sus quejas. No sólo ocurre eso, sino que además, con harta frecuencia, los políticos se saltan las normas que ellos mismos promulgaron. O crean normas nuevas para legalizar obras finalizadas, como quinielistas en una película de humor que rellenan los boletos después de terminados los partidos. Todavía no hemos hecho una crítica suficientemente rigurosa de las transgresiones que se hacen desde las instituciones, con dinero de la gente y contra el bien común.

Presido un Ayuntamiento que tiene una larga ejecutoria en esa materia. ¿Cuántos juicios perdió y cuánto dinero malgastó el Ayuntamiento de Gijón en pleitos contra su propio vecindario?

El tres de abril de 1979 se celebraron las primeras elecciones municipales, que fueron ganadas en la mayoría de los concejos asturianos por el PSOE, con la importante excepción de la ciudad de Oviedo. Tres años más tarde, el Partido Socialista se beneficiaba de la grave crisis en UCD y obtenía una victoria arrolladora en los comicios generales, celebrados el 28 de Octubre de 1982. Los 202 diputados socialistas abrían una égida, el “Felipismo”, que tantos vicios inocularía en la vida pública española. Siete meses después, tuvieron lugar las primeras elecciones autonómicas ganadas en Asturias por el PSOE, con la mayoría más amplia de todas las habidas hasta el presente, pese a que transcurrieron ya treinta años desde aquella fecha.

Cito estos tres hitos electorales, porque en esos años se fraguó el statuo quo asturiano, cimentado en la hegemonía de la izquierda, con un centro-derecha siempre bajo sospecha.

¿Por qué el socialismo supo aprovechar esas importantes victorias coyunturales, fruto de un momento en que el centro-derecha tenía dificultades para agruparse, y las supo convertir en victorias perennes, proyectando una enorme influencia sobre toda la sociedad? ¿Eran más inteligentes los socialistas?, ¿trabajaban más?, ¿gestionaban de una forma más solvente? Es evidente que no. Tres veces no. Rotundamente no.

Los socialistas tenían una ventaja: sabían lo que querían. Su objetivo era permanecer. Ocupar las instituciones por tiempo ilimitado hasta dar el testigo a las generaciones posteriores, integradas por sus alevines. La famosa solidaridad, una palabra que, por cierto, no está en el lema de la Revolución Francesa, la famosa triada (Libertad, Igualdad y Fraternidad) que abrió la puerta a la modernidad, ni tampoco estuvo en boca de los líderes de las revoluciones proletarias, es utilizada permanentemente por los socialistas de una forma perversa. La solidaridad “sociata” no es sensibilidad hacia los más débiles, ideal noble donde los haya para los que estamos en la vida pública, sino solidaridad de grupo, solidaridad de clan. Todo para nosotros y nada para el resto.

Cuando hay crisis en el interior de los partidos suelen quedar los trapos sucios a la vista de la gente, y siempre se dice que eso no ocurre cuando las fricciones estallan en el PSOE. La explicación del comportamiento socialista es muy conocida: son más disciplinados. Yo no lo llamaría así.

Los enfrentamientos socialistas quedan soterrados porque son luchas de clanes, de sectas, opacos ante la sociedad.

Decía que la izquierda forjó el actual statu quo asturiano porque tenía voluntad de permanecer. ¿Cómo se logra permanecer al mando de las instituciones, si las preferencias de los ciudadanos varían y sus gustos son cambiantes? El método más eficaz, que utilizó a gran escala el PSOE, es la creación de redes clientelares. Todas las actuaciones, iniciativas y subvenciones están destinadas a crear lazos de interés con los ciudadanos. La fidelización del voto por el método de sustituir la afinidad política por el magnetismo de las ventajas materiales.

Voluntad de permanecer en las instituciones y creación de redes clientelares son las dos palancas clave para hacer que un sistema de alternancia electoral se convierta en un régimen continuista. Para lograr ese dominio político y electoral hay que utilizar el presupuesto de una forma precisa, para favorecer a los que interesa favorecer y marginar a los que interesa marginar. Volveré más tarde sobre ello con ejemplos concretos.

Tres décadas actuando con esas armas y con el norte puesto en el objetivo descrito terminan por decantar un sistema de poder estable, con fuertes apoyaturas sociales y dispuesto a defenderse con uñas y dientes ante la llegada de los advenedizos. Por eso en Asturias hay un determinado “statu quo”, difícil de alterar.

Tres décadas en el poder influyen en la sociedad, crean estereotipos y provocan inercias sociales. Las estancias largas de un partido en el poder, y sobre todo si tiene una visión sectaria e intervencionista, dejan huella en la sociedad. Para la democracia, esos periodos son malos, porque en todos ellos se incrementa la corrupción, se agotan las ideas, se personalizan los mandatos y se dificulta la alternancia.

La hegemonía de un partido en el poder no queda circunscrita al terreno exclusivo de las instituciones políticas, sino que penetra en la sociedad y tiñe de interés y oficialismo hasta las sociedades deportivas. La hegemonía de partido lo contamina todo, colonizando la economía y la sociedad. Todo está bajo control, utilizando métodos de clan y articulando la sociedad según los intereses del partido que gobierna.

De toda la huella dejada por la hegemonía de la izquierda en Asturias, creo que lo más dañino es la hegemonía cultural. La entronización de determinados valores que los ciudadanos admiten como verdades absolutas y defienden en la calle, si es preciso, sin haber podido reflexionar libremente sobre ellos.

La izquierda asturiana ha arrinconado lo privado glorificando lo público, como si estuviéramos hablando de la diferencia entre el vicio y la virtud.

Cualquier iniciativa privada pierde su dimensión social, para ser una empresa sospechosa que sólo merece ser cosida a impuestos o sometida al “vía a crucis” de la larga tramitación de licencias, permisos y concesiones. Se ha creado una atmósfera tan delirante que hasta el trabajo público tiene prioridad sobre el privado, creando dos marcos laborales.

Voy a poner un ejemplo y quiero que se me entienda bien. No me gusta la Ley Wert. Considero que es una iniciativa fallida, que frustra las esperanzas despertadas y desperdicia una ocasión de oro para poner la Educación sobre bases firmes que permitan superar la calamitosa deriva iniciada hace dos décadas con la LOGSE, dejando a nuestros jóvenes en la cola de Europa en conocimientos y destrezas. Si un día Foro tiene que hacer una ley de Educación estoy segura que será mucho más consistente y atacará la raíz de los problemas educativos.

Ahora bien, me asombra que las protestas y movilizaciones se hayan centrado exclusivamente en el mensaje de que la LOMCE acaba con la “educación pública”.

Casi nadie argumentó que es un instrumento ineficaz para mejorar la educación, en sí. Que los déficit en comprensión lectora y conocimientos matemáticos, auténtico lastre de las primeras etapas educativas que llevan de cabeza al fracaso escolar no se abordan con una distinción falsa entre educación pública y concertada, por cierto, las dos pagadas con nuestros impuestos. Eso es tergiversar el debate.

Defiendo unos servicios públicos universales y gratuitos. Yo misma me he pasado veinte años de mi vida trabajando en un hospital público. Pero no creo que  toda la oferta de bienes y servicios tenga que ser pública ni creo que por tener este carácter deba tener un rango superior o más elevado que si se presta bajo el formato de iniciativa privada.

Puse el ejemplo de la Educación, pero en Asturias, en concreto, toda la problemática de lo público y lo privado está exacerbada hasta el punto de entender que cualquier privatización significa liquidación. Recordemos cómo reaccionó la izquierda ante la privatización de la siderurgia. El entonces alcalde de Gijón, don Vicente Álvarez Areces, declaró que era la peor decisión para Asturias en los últimos diez años. Con la experiencia del tiempo transcurrido podríamos preguntarnos si ahora, en el año 2013, habría un solo puesto de trabajo en las plantas siderúrgicas de Gijón y Avilés si el acero hubiera seguido en manos del Estado.

En Asturias, cualquier intento de modernización choca con el sambenito de lo público. Yo creo en las empresas públicas; en el Ayuntamiento de Gijón tenemos empresas públicas y espero que sigan teniendo esta naturaleza durante muchísimos años. Pero no todas las empresas en la región deben ser públicas y, sobre todo, el paraguas de lo público no puede servir para dar la espalda a la racionalidad económica y, mucho menos, para hacer tropelías con el dinero de todos en beneficio de unos pocos desalmados.

Hago toda esta reflexión sobre lo público y lo privado para decir dos cosas.

A) La santificación de lo público es el haz de una hoja cuyo envés es la demonización de lo privado.

B) Este valor cultural de la izquierda, fomentado y extendido por toda Asturias, no es una propuesta ingenua, sino profundamente interesada, ya que cuantas más actividades dependan de lo público, más dependencia tendrá la sociedad de los presupuestos de las administraciones y más músculo tendrá la clase política en el poder.

Por eso cualquier iniciativa privada es sospechosa, por eso hay que hacerla pasar por un filtro de controles, permisos, licencias, pagos, inspecciones, dilaciones y vuelta a empezar.

Por eso no prolifera la iniciativa privada todo lo que necesitamos en Asturias, por eso sólo tiene patente de longevidad cualquier tinglado público, donde se malgasta el dinero, se trabaja de forma intermitente y cualquier incompetente tiene valía para estar al frente del chiringuito, con tal de que posea el carné del partido en el poder.

Os decía que lo más dañino de la larga hegemonía de la izquierda en Asturias es la incrustación de valores dominantes en la conciencia de la sociedad. Me refería a la glorificación de lo público y la demonización de lo privado. Pues bien, otro rasgo es la alta dosis de ideología introducida en el discurso político. La ideología es un velo que impide discutir sobre cosas cotidianas sin prejuicios.

Desde el socialismo se ha machado a la sociedad con la falsa antítesis entre izquierda y derecha. La apelación constante a izquierdas y derechas genera automáticamente división social.

Ese juego de izquierdas y derechas ha permitido al socialismo señalar con el dedo quienes son los buenos, los amigos del pueblo, es decir, las izquierdas, y quienes son los malos, los enemigos de la gente, es decir las derechas.

Hace treinta años, Then Shio Ping, el gran reformador de China en la etapa post-maoista, recogió una máxima de Confuccio, y la elevó a consigna de gobierno: “que más da que el gato sea blanco o negro, si caza ratones”. Apliquémonos el cuento: qué más da que un partido o  gobierno sea de derecha o de izquierdas si relanza la economía, si crece el empleo y se extienden las ventajas sociales. Por cierto, por esa vía, los dirigentes chinos descubrieron que la economía de mercado es infinitamente superior a la planificación centralizada del comunismo, y China emergió como gran potencia económica, convertida en la segunda economía del mundo. Y lo que es más importante, con una incipiente clase media, formada por cientos de millones de chinos, que por primera vez en la historia están al abrigo del hambre.

El corsé de las derechas y las izquierdas, como el de lo público y privado, no es más que una añagaza para ocultar la realidad.

Los problemas de Asturias no están en el debate ideológico entre izquierda y derecha, ni en la oposición entre sociedades mercantiles públicas y privadas. Esos son planteamientos retóricos que se usan de velo para tapar la verdad. Esas son las cortinas de humo de la izquierda asturiana para tapar sus prácticas antisociales.

El socialismo se valió de su hegemonía en la región para inculcar valores culturales que hacen más soportable su incapacidad para resolver los problemas reales.

Los que se consideran máximos defensores de los desfavorecidos tardan año y medio en pagar el salario social a los asturianos que carecen de recursos económicos. Los que pusieron en marcha el catastrazo, con grandes subidas anuales del IBI, cogieron el dinero de los ciudadanos para mejorar las fachadas de las calles céntricas de Gijón, sin reformar una vivienda de barrio.

Debemos sacudirnos de complejos y decir las cosas por su nombre: el socialismo y sus adláteres han fracasado como grupo dirigente de la región, y no aportan nada al progreso de los ciudadanos ni tienen capacidad para resolver los problemas.

Como ya he dicho, el objetivo de los socialistas es permanecer en el poder, siendo el principal instrumento para lograrlo la creación de redes clientelares a través de una utilización interesada del presupuesto público. Para llevar a cabo sus fines necesitaban dar un paso más: fabricar una oposición que tuviera como fin permanecer indefinidamente en la oposición.

Lo lograron. En Asturias había organizado un sistema en que el gobierno se sentía feliz monopolizando el poder y la oposición estaba encantada monopolizando la oposición. El juego entre el PSOE y el PP podía seguir hasta el infinito. Entre los dos grupos contaban con más de 40 escaños, de los 45 que tiene la Junta General del Principado, y con la inmensa mayoría de los ayuntamientos.

Ese binomio, PSOE-PP, había superado pruebas de stress, como someter a la región al menor crecimiento económico de las diecisiete comunidades autónomas, en los años de la opulencia, sin que nadie planteara una alternativa. Como tener la tasa de población activa más baja de España, sin que nadie denunciara el grave estado del alicaído mercado de trabajo. Todo iba bien, siguiendo el modelo inmovilista.

Bajo la bicefalia de  Zapatero y Álvarez Areces el año 2009 iba a ser el de las grandes inauguraciones con exitosos cortes de cinta. Ese año se iba a completar la autovía del Cantábrico, iba a entrar en funcionamiento el Ave de Madrid a Gijón, iba a estar lista la autovía del interior Oviedo-La Espina, iba a terminar la construcción del HUCA, se iba a completar la ampliación de El Musel.

Nada se cumplió, pero el binomio, PSOE-PP, siguió a lo suyo, sin inmutarse por tan flagrantes y desmoralizadores incumplimientos, machacando a Asturias con una dosis de conformismo que sólo conocen los pueblos que carecen de alternativa.

Que no se acabaran las infraestructuras no quiere decir que no se incurriera en sobrecostes. En El Musel, sólo por coger piedra de otra cantera, 216 millones de euros de más. En el Huca es imposible dar una cifra, porque el proyecto aprobado se amplió con miles de metros cuadrados, y los arquitectos que ganaron el concurso renunciaron al mismo. Un caso único en toda España.

Pero para qué hablar de las cifras del Huca, si su verdadero récord está en sufrir cuatro ceremonias de inauguración, sin que tres años más tarde se haya estrenado. Ese es la consecuencia de estar representados por un partido único, con dos candidaturas, para que unos se sienten en el gobierno y los otros lo hagan en la oposición.

En medio de este panorama desolador saltó el “caso Riopedre”, un singular fenómeno de corrupción del que desconocemos su grado de extensión por las administraciones asturianas.

Un caso de gritos y susurros, con los gritos interesadamente amortiguados para que no se oigan más allá del Pajares, y con los susurros llenos de nombres propios que tal vez nunca se vayan a pronunciar.

En este escenario hizo su irrupción Foro. Basta recordar cómo fue saludado para darse cuenta que venía a desenmascarar el statu quo asturiano. Nunca un grupo nuevo fue tan agresivamente recibido por los partidos instalados. Hace unos pocos años, se fundó un nuevo partido en España por parte de una antigua dirigente del socialismo vasco y sus competidores respetaron a la nueva formación, aunque eran conscientes de que les iba a restar votos.

El problema de Foro no eran tanto los escaños que les iba a arrebatar, como su discurso, desplegado certeramente por nuestro presidente, Francisco Álvarez-Cascos, que dio como un dardo en el centro de la diana, al señalar al falso bipartidismo asturiano como el gran mal de la región. Sin derribar el inmovilismo bipartidista, Asturias no estaría en condiciones de resolver todos los problemas pendientes. El discurso de Cascos le quitaba la careta al bipartidismo.

Hasta tal punto dio Francisco Álvarez-Cascos en la diana que teniendo en contra todos los poderes de la región, a los cuatro meses de constituirse, Foro ganó las elecciones autonómicas. La región del inmovilismo daba un vuelco electoral la noche del 22 de mayo de 2011, para que Foro introdujera los cambios necesarios. Con el voto de los ciudadanos, Asturias apostaba por el reformismo dando la espalda al inmovilismo.

La secuencia política protagonizada por Álvarez-Cascos en el primer semestre de 2011 no tiene parangón  en la biografía de los líderes políticos españoles. Puede que no haya otro caso en que haya prendido con tanta fuerza el discurso reformista en una región adormecida por los falsos valores del socialismo, con el testigo cómplice del PP.

Parte fundamental de esa secuencia política es la formación y el crecimiento de Foro, como partido. Miles de personas visitamos las sedes del partido para integrarnos en la organización. Cuando en toda España llevábamos más de dos décadas hablando de desencanto, y cuando más arreciaba el desafecto hacia la política, con fenómenos como el 15-M, miles de ciudadanos nos afiliamos a un grupo que no tenía ni un concejal. Otro fenómeno inédito.

Para entenderlo vuelvo a insistir en el valor de la palabra, en el discurso sincero y certero de nuestro presidente, en el aval del compromiso con Asturias de su larga trayectoria política, en el deseo de cientos de miles de asturianos por conocer otra forma de gobernar, por cambiar las cosas.

El triunfo de Foro despertó a todos los agentes del inmovilismo, empezando por los actores del bipartidismo, para llegar a corporaciones y terminales mediáticas. El discurso había calado, ahora debían impedir que se estabilizara en el Gobierno. Estaban asustados porque temían perder el momio.

La historia que vino después es bien conocida por todos. La campaña de calumnias y maledicencias, el pacto de hierro del bipartito contra el Gobierno de Foro, las maquinaciones del que era alcalde de Oviedo. La amalgama de fuerzas reaccionarias para impedir que Asturias corrigiera su rumbo torcido.

Tras seis meses de zancadillas, izquierdas y derechas se unieron para tumbar el presupuesto regional de 2012. En ese momento se produjo una respuesta con la que no contaban. Francisco Álvarez-Cascos disolvió el Parlamento y convocó elecciones. Es el proceder lógico de un político demócrata que no está atado al sillón presidencial.

El gesto que no protagonizaría jamás ninguno de ellos, porque sólo piden el voto a los ciudadanos para envejecer en la poltrona.

No quiero entrar a relataros pormenorizadamente la experiencia gijonesa de Foro, pero en líneas generales discurrió en paralelo al curso regional. Desde los ataques personales y el vertido de calumnias -que alguna herida tengo en el alma de todo eso- hasta el afán por impedir que se abriera paso nuestra política de gestión austera y compromiso social.

Aunque os resulta difícil creer, tras 32 años de corporaciones socialistas había algún barrio que nunca había sido visitado por el titular de la Alcaldía. – Y ahora, después de recorrernos Gijón de norte a sur, y de este a oeste, es cuando comienzan a preocuparse por los vecinos. Si hemos servido de ejemplo, bienvenido sea-.

Tuvimos que multiplicar el gasto social para cubrir el vacío dejado por el Gobierno central y el Principado; dimos respaldo a planes de empleo, porque el presidente Fernández le da la espalda a los desempleados de Gijón. Fijaros si da la espalda, que de 364 millones dedicados a inversiones, no llegan ni a tres los destinados a Gijón. Nos enfrentamos al caos del urbanismo tras la anulación de los dos últimos planes aprobados por los socialistas.Por último, estamos desenredando la madeja de irregularidades y presuntos delitos en algunas de las empresas municipales, como la Empresa Municipal de Aguas.

 ¿Dónde estamos? En mitad de la corriente, así que no podemos cambiar de caballos. No pretendo infundiros optimismo, pero ya quisieran nuestros adversarios contar con un partido tan vivo, luchar por causas tan nobles, tener tan claro cuál es el norte de la acción política.

En menos de tres años hemos pasado ya una doble prueba de fuego, primero accediendo a gobiernos y, luego, como ocurre en el Principado, liderando la oposición. Yo veo a Francisco Álvarez-Cascos con  el mismo ánimo, con el mismo empuje, con el mismo semblante cuando presidía el Gobierno que cuando encabeza la oposición. No tenemos apego a las poltronas, no somos un grupo de gente guapa, encantados de conocerse viajando a lomos de coches oficiales. No vinimos a la política para enriquecernos, porque fuera de ellas ganábamos mucho más dinero. Estamos aquí para trabajar, para restablecer el sano lazo que une a los ciudadanos con sus representantes políticos. Venimos a servir a los asturianos, no a servirse de la Administración de los asturianos. Sí, somos tenaces.

Ya lo visteis la semana pasada, cómo la brega del Gobierno de Cascos hizo que Asturias recuperara 213 millones de euros que le había quitado el Gobierno de Rajoy, rompiendo unilateralmente convenios firmados de fondos mineros.

Nos asusta la pasividad del Gobierno socialista de Javier Fernández que ha convertido la responsabilidad de gobernar en ahorrar. Con más de 100.000 parados, el presidente Fernández tiene un superávit de casi 100 millones de euros. Ya el año pasado ahorró dinero. Eleva los impuestos para meter la recaudación en una cuenta a plazo. No paga el salario social para no ver cómo decrece la cuantía de sus ahorros.

Quieren que miremos para otro lado, pero no lo vamos a hacer. Nos rebelamos contra este estado de cosas, contra el fantasmal estado en que se encuentran nuestras infraestructuras, con la ampliación de El Musel realizada hace tres años sin que se haya estrenado, con la Zalia convertida en una enorme superficie yerma, sin enlaces ni clientes, con la regasificadora sin desprecintar y anulada en los tribunales, con el túnel horadado del metrotrén sin vías ni usos, con la variante de Pajares reducida a un solo túnel para trenes convencionales.

Nos rebelamos contra la orfandad industrial, con los trabajadores de Tenneco tirados en la calle sin que los reciba el presidente del Principado, contra el engaño de la fábrica de armas de La Vega, contra el brutal tajo a la fábrica de armas de Trubia, contra el cierre exprés de Suzuki. Nos rebelamos contra el timo de Cogersa que planea alzas enormes en los recibos para que ciudadanos y ayuntamientos paguen los proyectos que diseña el Principado; para eso que no cuenten con nosotros.

Frente a la incompetencia, la desidia y el conformismo se alza el reformismo de Foro. Somos más necesarios ahora que hace tres años. La sociedad ya sabe que no mentimos; otros son los que hacían las tropelías en el Niemeyer o los que despilfarraban en la TPA.

No nos van a despistar en nuestro camino. Tenemos la conciencia tranquila y la historia será juez de nuestros actos.

En el 2015, dentro de año y medio, volverán a concurrir dos opciones básicas en las urnas, los partidarios del inmovilismo y los del reformismo de Foro. Trabajemos con fuerza e ilusión, arriesguémonos a llegar lejos, porque por el bien de Asturias es necesario que la historia pase definitivamente página, y se abra un futuro mejor para todos.

Muchas gracias

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