Asturias reencontrará el camino de la prosperidad y el progreso el día que cuente con muchos Antonio Suárez

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Otorgar galardones, de cualquier naturaleza, supone reconocer los méritos de una persona o demostrar la estima colectiva por el valor de su obra, cualesquiera que sea. En algunos casos -los menos- los premios llevan, además, incorporado el sello de la urgencia, porque buscan satisfacer un objetivo esencial: hacer justicia.

Eso es lo que ocurre con el Premio Álvarez Margaride que hoy recibe Antonio Suárez, al unir una trayectoria empresarial sumamente exitosa, al frente de un conglomerado industrial y pesquero de relevancia mundial, con la ayuda y el apoyo a la tierra que le vio nacer y donde se formó y forjó su personalidad.

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Antonio Suárez tenía a su disposición muchos astilleros en el mundo dispuestos a construir buques para su flota atunera. Dentro de esa amplia oferta puso sus ojos, desde México, en la bahía gijonesa, en los Astilleros Armón Gijón, para hacer pedidos de buques pesqueros, con sofisticada tecnología.

Más de una vez declaré que mi mayor alegría como alcaldesa, en los cinco años que llevo en el cargo, ha sido la reapertura del histórico astillero, Juliana Constructora Gijonesa.

Desde muy niña tengo grabada la imagen de los astilleros en nuestra costa. No suponen una industria más, sino parte consustancial del paisaje del Gijón moderno.

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En los últimos años del siglo XIX y las dos primeras décadas del Siglo XX, se crean siete astilleros, formando un conjunto muy potente que aportó riqueza y creación de empleo al Oeste de la ciudad.

Desde una perspectiva utilitaria, la demanda de buques es una cura para el desempleo, ya que el 70% del coste de un barco está representado por la mano de obra. Es una industria intensiva en factor humano, donde se requiere el concurso de los más variados oficios, al incorporar todos los equipamientos que llevan las casas para poder hacer la vida en el mar.

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En el año 2009, cuando España atravesaba una dura recesión, se quedó la bahía gijonesa sin astilleros. La imagen de las fábricas cerradas y abandonadas era francamente desoladora. De ahí la alegría ante la reapertura del astillero.

Los buques encargados por Antonio Suárez fueron el mejor apoyo que podía tener el Gijón fabril y trabajador, que lucha todos los días contra la plaga del paro.

Antonio Suárez nunca dejó de pensar en la Asturias natal, de ahí el espaldarazo a la construcción naval. También realizó pedidos de hojalata a la planta de Mivisa para su industria conservera. Como persona amante del patrimonio cultural asturiano realizó donaciones a nuestro Museo Pueblo de Asturias, y también al Museo de la Emigración, ubicado en Colombres.

DSC_0720Gijón y Asturias se benefician del empuje empresarial de Antonio Suárez y de sus desvelos por nuestra región. Estamos ante una figura que escasea, la del empresario benefactor, que realiza operaciones comerciales en las cinco partes del mundo, sin olvidarse nunca de su tierra.

Hay un capitalismo anónimo, una jungla de sociedades anónimas que cambia de propietarios en un abrir y cerrar de ojos, a la velocidad que se venden acciones en bolsa. Fondos de inversión, de pensiones, o de cualquier otro tipo, que controlan empresas, sin sentir el menor compromiso hacia las mismas. Están en el accionariado de las sociedades el tiempo que necesitan para hacer plusvalías y se van, luego, de la misma forma que llegaron. Se mueven exclusivamente por el beneficio, sin entrar en otras consideraciones.

Y hay un capitalismo con identidad propia, ligado a biografías concretas, representado por empresarios que se dejan la piel por sus empresas porque son la prolongación de su familia. Empresarios que están a las duras y a las maduras, que dan la cara ante la adversidad y se sienten recompensados al ver que en su entorno crece el bienestar colectivo. De esa estirpe es Antonio Suárez.

La edad de oro de la Asturias moderna está ligada a los capitanes de empresa. Sólo hay tres regiones españolas que conocieron en su momento la revolución industrial, siendo Asturias una de ellas. Entonces no había capital público, todas las inversiones empresariales procedían de la iniciativa privada.

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Posteriormente, fruto de una situación política concreta, como fue el aislamiento en que estaba España al finalizar la 2ª Guerra Mundial, se levantó el poderoso sector público industrial de la mano del Estado. La desaparición de este sector, por diversas causas, que van desde los dictados de la Unión Europea hasta la ineficiencia de sus producciones, quedó Asturias en tierra de nadie, ya que no todas las privatizaciones dieron el resultado esperado.

Asturias reencontrará el camino de la prosperidad y el progreso el día que cuente con muchos Antonio Suárez. Cuando haya gente con empuje y creatividad para levantar negocios que sean los nuevos estandartes de la región.

No hay otra vía. Podemos diseñar muchos programas sociales, se pueden ofertar muchos empleos desde la Administración pública, que si no hay empresas robustas, que generen excedente, capaces de exportar y ganar mercados, todo lo demás se vendrá abajo.

DSC_0717Sin empresarios comprometidos, audaces y creativos el bienestar de la sociedad es pura ilusión óptica. Como decía el canciller Helmut Schmidt, “los beneficios de hoy son las inversiones de mañana y los empleos de pasado mañana”. Ese es el ciclo virtuoso.

Preocupa ver hoy a políticos de diversas tendencias hablar de gastar sobre la base de ingresos ficticios. Hablan de progresar sin contar con los empresarios y de crear empleo sin contar con los empleadores. Del empresario sólo se acuerdan cuando necesitan un sujeto pasivo para aplicar sus impuestos.

No se puede mejorar Gijón, Asturias o España actuando contra el sentido común.

El sentido común dicta que necesitamos diálogo y acuerdos entre los grupos políticos y respeto a las reglas del mercado. Para que haya inversiones no se puede ver al empresario como un sujeto codicioso y egoísta, sino como un agente que produce riqueza, de la que se beneficiará el conjunto de la sociedad.

La inversión empresarial es muy sensible al entorno político. En estos momentos la confianza está bajo mínimos al tener que convocar elecciones por no ser capaces de alcanzar acuerdos. El bloqueo institucional provoca la paralización de las inversiones.

No entiendo la actuación de los principales líderes de la Nación al anteponer sus intereses a los generales de la sociedad.

Con toda humildad quiero decir que en el Ayuntamiento de Gijón nos encontramos en la misma situación hace ahora un año. Los gijoneses quisieron con su voto que estuvieran representados seis grupos políticos en la Corporación municipal.

Tomaron asiento nuevos partidos, los mismos que entraron en el Parlamento regional y en Las Cortes Generales. En la Junta General del Principado y en el Congreso de los Diputados no fue posible llegar a acuerdos. En Gijón, sí.

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Para llegar a consensos hay que cambiar de actitud. Es responsabilidad de todos, pero muy especialmente del equipo de gobierno. Nosotros pusimos toda la información en manos de la oposición y nos olvidamos de nuestras recetas, para salir al encuentro de las propuestas ajenas. El desencuentro no es una alternativa. Hay que poner por delante la gestión sin dejarse llevar por invocaciones ideológicas.

Los vecinos quieren acuerdos, no los podemos defraudar. De seis grupos municipales, cinco han apoyado el plan de urbanismo que contiene las enmiendas de la oposición.

Hay quien nos critica, añorando los antiguos enfrentamientos entre izquierda y derecha. Voy a poner toda la energía de la que soy capaz para mantener el clima de diálogo y entendimiento. No caeré en provocaciones. Es mil veces preferible el consenso gijonés que el enfrentamiento regional y el bloqueo institucional español.

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El diálogo es un valor en política y una virtud cuando se asienta en las instituciones. No creo en los liderazgos individuales, sino en el trabajo colectivo. Queremos seguir transformando Gijón entre todos. En esa labor el empresariado está llamado a jugar un papel decisivo. Sin su concurso habría menos riqueza, menos empleo y menos bienestar.

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